La diversidad en el fútbol
Lamine Yamal, con 19 años recién cumplidos, ha vuelto a posicionarse sobre la diversidad cultural en el fútbol. Sus declaraciones se produjeron en la sala de prensa antes del partido entre España y Francia, donde destacó la integración cultural y de orígenes en ambas selecciones como un factor positivo. El joven futbolista, hijo de padre marroquí y madre guineana, ha sido objeto de atención y presión en el ámbito futbolístico.
La polémica surgió a raíz de unas declaraciones de Mariano Rajoy, expresidente español, quien afirmó que la selección francesa era «sin franceses». Estas palabras generaron un considerable eco y fueron calificadas de «estupidez o racismo» por el Elíseo, especialmente al ser emitidas un día antes de la Fiesta Nacional de Francia, el 14 de julio. La situación casi provoca un incidente diplomático, con reacciones de los gobiernos de ambos países.
No es la primera vez que Lamine Yamal aborda temas sensibles como el racismo. Meses atrás, criticó los cánticos dirigidos contra el equipo africano en un partido entre España y Egipto. Esta semana, el jugador volvió a manifestarse al respecto, subrayando su compromiso con la integración.
El debate histórico sobre la nacionalidad francesa
El debate sobre la nacionalidad en Francia tiene profundas raíces históricas. Antes de la Revolución Francesa, el Antiguo Régimen otorgaba el poder absoluto al rey, y la población era considerada súbdita. Sin embargo, con el inicio del proceso revolucionario en 1789, la soberanía pasó a la nación y se consolidó el concepto de ciudadanía.
La Constitución de 1791 reconoció como francés a todo aquel nacido en el país, aunque distinguía entre ciudadanos «activos» y «pasivos», estableciendo un sufragio censitario. Para que un extranjero fuera reconocido como ciudadano, debía haber residido en Francia durante al menos cinco años continuos.
La Constitución de 1793, por su parte, se caracterizó por su cosmopolitismo, eliminando las diferencias entre niveles de ciudadanos y otorgando el derecho a voto a todo hombre de nacionalidad francesa. El proceso para afirmarse como francés se simplificó, requiriendo solo un año de residencia, y podía ser inmediato si se adoptaba un hijo, se casaba con un francés o se demostraban sentimientos hacia la causa revolucionaria. Esto reflejaba el principio del ius soli, que concede la nacionalidad por el simple hecho de nacer en el territorio.

Sin embargo, este modelo convivió con inestabilidad política y múltiples cambios constitucionales. El Código Civil de Napoleón Bonaparte de 1804 redefinió la nacionalidad, volviendo a enfatizar el ius sanguinis, o derecho de sangre. La nacionalidad se transmitía por vía paterna, lo que significaba que un hijo era francés si su padre lo era, independientemente de su lugar de nacimiento. Un nacido en Francia de padres extranjeros no obtenía la nacionalidad automáticamente, sino que debía reclamarla al alcanzar la mayoría de edad, tras diez años de residencia previa al trámite.
A lo largo del siglo XIX, se realizaron ampliaciones al derecho de ciudadanía. En 1851, aquellos nacidos en Francia de padres extranjeros que también hubieran nacido en el país, fueron declarados franceses de forma automática. Posteriormente, en 1889, una nueva ley atribuyó la nacionalidad a todo aquel nacido en el país, incluso si sus padres extranjeros habían nacido fuera de Francia.
Evolución de la nacionalidad en el siglo XX y actualidad
Durante el siglo XX, bajo la Tercera República, la legislación sobre nacionalidad continuó evolucionando. Antes de 1927, una mujer francesa que se casaba con un extranjero perdía su nacionalidad y adoptaba la de su esposo, lo que afectaba la nacionalidad de sus hijos. La reforma de la ley de 1927 permitió a las mujeres casadas conservar su ciudadanía, lo que a su vez les permitió transmitirla a sus hijos nacidos en el país. Además, el tiempo de residencia exigido para la naturalización se redujo de diez a tres años, medidas implementadas en respuesta a la escasez de mano de obra tras la Primera Guerra Mundial.

Después de la Segunda Guerra Mundial, y tras la derogación de las revocaciones de nacionalidad impuestas por el régimen de Vichy, se estableció el Código de la Nacionalidad Francesa en 1945. Este código consagró el ius sanguinis y el ius soli como principios equivalentes, otorgándoles el mismo peso legal para la atribución de la nacionalidad de origen.
En 1973, durante la V República, se legalizó la doble nacionalidad, permitiendo que un francés que adquiriera voluntariamente otra nacionalidad no perdiera automáticamente la suya. Actualmente, ser francés se basa en varias vías que coexisten en el Código Civil. El derecho de sangre sigue siendo la vía principal, donde basta con que uno de los padres sea francés para que el hijo también lo sea.
También existe el doble derecho de suelo, por el cual si el padre o la madre han nacido en Francia, el hijo nacido allí es francés de origen. El derecho de suelo simple no es automático al nacer; alguien nacido en Francia de padres extranjeros se convierte en francés a los 18 años, siempre que haya residido en el país de forma continuada al menos cinco años desde los once.
Para aquellos que no encajan en estos escenarios, la nacionalización es una opción. La regla general exige una residencia previa de cinco años, aunque este período se reduce a dos si se han cursado estudios superiores en el país o se acreditan méritos excepcionales, y a cuatro si se tiene un cónyuge francés. En todos los casos, se requiere un nivel de idioma, la ausencia de antecedentes penales y una entrevista de integración, aunque la Administración se reserva el derecho discrecional en la decisión final de nacionalizar a un nuevo ciudadano.

A pesar de su juventud, Lamine Yamal demuestra una madurez notable en estas cuestiones, utilizando su voz para recordar que la selección es un reflejo de la diversidad de España.
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Source: lavozdegalicia.es